El perro que cruza mundos — Xólotl, Venus y el origen del psicopompo
En la respiración antigua del Valle, el Xólotl desciende como una estrella oscura: un perro sin pelo, un rayo de Venus reflejado en el barro, la sombra fiel que acompaña a quienes cruzan el umbral.
La estrella gemela y la herida luminosa
Venus abre y cierra las puertas del cielo; es lucero y es llaga. En su doble viaje se refleja el destino del xoloitzcuintle: nacer en el brillo, morir en el crepúsculo, acompañar al alma cuando el día se apaga y el mundo se vuelve sueño.
Dicen los viejos que el perro de Xólotl bebe la luz y la devuelve como un puente de fuego, para que los pasos no se pierdan en el río del olvido.
El pacto del lomo tibio
El psicopompo no es solo guía: es memoria encarnada. Su piel desnuda recuerda la piel del mundo al inicio, cuando las deidades caminaron entre los hombres. Por eso el xolo es ofrenda viva, y su presencia en la tumba es un mapa: el cuerpo se va, pero la ruta permanece.
Cada ladrido es una sílaba del mito, cada silencio un nombre que no se pronuncia. Y en el tránsito, el perro negro o bermejo es un hilo de Venus atado al corazón del viajero, recordándole que el regreso también es una forma de llegar.