El río que juzga — Itzcuitlán, el perro y la memoria moral

Itzcuitlán no es un río cualquiera: es un espejo que juzga. Sus aguas guardan las huellas del vivir, y el xoloitzcuintle, con su pecho como canoa, transporta la verdad de cada alma a través de la corriente.

La memoria que pesa como agua

Se dice que el agua recuerda. En Itzcuitlán, ese recuerdo es una sentencia líquida: si cuidaste, flotas; si heriste, te hundes. El perro, testigo del trato recibido, es quien decide si su lomo se convierte en puente o en juicio.

No hay juicio más antiguo que la mirada del perro: en ella se refleja el miedo y el cariño que sembraste en la tierra.

Aguas místicas, fidelidad sin descanso

El xolo acompaña al muerto como quien lleva un códice en el pecho. Su paso no olvida, su nado no se detiene. Itzcuitlán es el tránsito donde la memoria moral se vuelve visible: una espuma que escribe en la noche lo que el corazón ocultó.

Al otro lado, no hay absolución sin agua. El perro cruza, pero también enseña: en su pelaje oscuro viaja la lección de la bondad y el peso del daño.