Ensayo analítico / Historia del arte

La Iconografía del Xoloitzcuintle en el Modernismo Mexicano: una perspectiva analítica sobre la obra de Frida Kahlo y Diego Rivera

La integración del xoloitzcuintle en la plástica de la primera mitad del siglo XX en México representa uno de los fenómenos más fascinantes de la historia del arte contemporáneo, donde la biología, la arqueología y el nacionalismo convergen para redefinir la identidad de una nación en reconstrucción.

Eje: mexicanidad Símbolo: Xólotl / Mictlán Enfoque: público vs. íntimo Método: lectura iconográfica

El xoloitzcuintle pasó de ser una especie al borde de la extinción —relegada a las zonas rurales y considerada por la estética colonial como una criatura “deforme” o “monstruosa”— a convertirse en el guardián de la memoria colectiva en los muros de los edificios públicos y en el refugio íntimo de la Casa Azul.

— Tesis central del reportaje

Este perro ancestral, cuya presencia en el territorio mexicano data de hace más de tres mil quinientos años, no fue simplemente una mascota para la pareja conformada por Frida Kahlo y Diego Rivera; se erigió como un potente significante de la mexicanidad, un concepto polivalente que buscaba en las raíces indígenas la legitimidad de un proyecto estético y político posrevolucionario.

Para Rivera y Kahlo, el perro no solo poseía un valor estético intrínseco por su forma escultural y su linaje prehispánico, sino que también funcionaba como un puente ontológico hacia el pasado precolombino que ambos artistas deseaban resucitar y dignificar.

Diego Rivera junto a un xoloitzcuintle en la Casa Azul (fotografía en blanco y negro).
Diego Rivera con un xoloitzcuintle en la Casa Azul (Coyoacán). Imagen usada como ancla visual del “xolo” en el imaginario modernista.

El Sustrato Mitológico y la Recuperación Histórica del Canino Sagrado

Para comprender la profundidad de la representación de este animal en la obra de Rivera y Kahlo, es imperativo analizar su origen en la cosmogonía nahua. El término xoloitzcuintle deriva de las voces náhuatl Xólotl, el dios del ocaso, la dualidad y los gemelos —hermano de Quetzalcóatl—, e itzcuintli, que significa perro. Según la mitología azteca, el perro fue creado por Xólotl para servir como guía a las almas de los difuntos en su peligroso tránsito a través de los nueve niveles del Mictlán, el inframundo.

El xoloitzcuintle tenía la tarea específica de ayudar al alma a cruzar el caudaloso río Apanohuacalhuia; si el perro reconocía en el alma a su antiguo dueño, y este había sido bondadoso con los animales en vida, el canino lo cargaba sobre su lomo para completar el viaje. Esta función psicopompa imbuyó al animal de una sacralidad que los artistas del modernismo mexicano supieron capitalizar para dotar a sus obras de una capa de misticismo y profundidad histórica.

Nivel del Mictlán Desafío para el Alma Rol del Xoloitzcuintle / Simbología
Primer Nivel (Itzcuintlán) El río Apanohuacalhuia El perro reconoce y ayuda al dueño a cruzar.
Quinta Dimensión La dualidad de la vida y la muerte Representación de la transformación de la materia.
Tránsito Final El encuentro con Mictlantecuhtli Finalización del ciclo existencial de la materia orgánica.

Además de su rol espiritual, el xoloitzcuintle poseía atributos curativos empíricos. Su piel, carente de pelaje, mantiene una temperatura corporal aproximada de 40 °C, lo que lo convertía en un “analgésico vivo” para las comunidades indígenas que padecían reumatismo, asma o dolores musculares. Esta característica biológica no pasó desapercibida para Frida Kahlo, quien, atormentada por dolores crónicos derivados de su accidente de 1925, encontró en el contacto físico con estos animales un alivio tanto físico como emocional.

Tras la conquista española, la población de xoloitzcuintles sufrió un declive catastrófico. Los colonizadores los persiguieron por ser considerados ídolos paganos y, en momentos de hambruna, los consumieron como alimento, basándose en la tradición indígena de engordarlos para banquetes rituales. Fue a principios del siglo XX cuando el movimiento de la mexicanidad —un nacionalismo populista que celebraba las culturas indígenas como el fundamento de la nación moderna— rescató al perro de las zonas rurales de Guerrero y Oaxaca para integrarlo en el imaginario urbano y artístico.

Diego Rivera: El Xoloitzcuintle como Testigo de la Historia Colectiva

Diego Rivera abordó la representación del xoloitzcuintle desde una perspectiva sociológica, histórica y pedagógica. Para el muralista, el perro no era un ente aislado, sino una pieza fundamental del engranaje cultural mesoamericano que debía ser mostrado en su contexto original para educar a las masas sobre la sofisticación de sus ancestros. Rivera integró al animal en sus frescos monumentales como un elemento de “arqueología vivificada”, dándole un sentido vital a las formas que anteriormente solo se encontraban en cerámicas de tumbas antiguas.

El Mercado de Tlatelolco y la Vida Comercial Indígena

En el ciclo mural de la escalera principal del Palacio Nacional, específicamente en la obra El mercado de Tlatelolco (1945), Rivera realiza una reconstrucción exhaustiva de la actividad económica en la Gran Tenochtitlán. El xoloitzcuintle aparece aquí en múltiples roles. En primer lugar, se observa como un animal doméstico que acompaña a las familias indígenas, subrayando su carácter de guardián y compañero leal. En segundo lugar, el mural documenta su comercialización para fines rituales y alimenticios, reflejando las crónicas de Sahagún que describían cómo estos perros eran vendidos en jaulas en los mercados prehispánicos.

Rivera utiliza la figura del xoloitzcuintle para dotar de autenticidad a la escena. La precisión con la que retrata la musculatura del animal, su piel arrugada y su postura alerta indica una observación directa de los ejemplares que poseía en su propia casa. Al incluir al perro en este contexto, Rivera eleva lo cotidiano a la categoría de historia nacional, argumentando que la grandeza de México reside en estos detalles de la vida precolombina que lograron sobrevivir a la imposición europea.

Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central

En esta obra de 1947, Rivera despliega una síntesis de la historia de México, desde la conquista hasta el siglo XX, bajo la lógica del sueño y la memoria. En el centro del mural, un Diego Rivera niño aparece tomado de la mano de La Catrina, flanqueado por Frida Kahlo y el grabador José Guadalupe Posada. En esta sección, que representa el corazón de la identidad mexicana, la presencia del xoloitzcuintle funciona como un ancla simbólica.

A diferencia de otros elementos del mural que remiten a influencias francesas o victorianas de la era porfirista, el xoloitzcuintle permanece como un signo de pureza autóctona. Su inclusión en una obra que explora la genealogía política y social de México posiciona al perro no como un simple accesorio, sino como un co-protagonista de la narrativa nacional, un testigo mudo de la resistencia cultural del pueblo.

El Museo Anahuacalli y la Colección de Perros de Barro

La obsesión de Rivera por el xoloitzcuintle trascendió el muralismo para convertirse en una labor de coleccionismo y arquitectura. El Museo Anahuacalli, diseñado por Rivera con piedra volcánica del Pedregal para albergar su colección de más de sesenta mil piezas prehispánicas, es en sí mismo un homenaje a la cosmogonía de la cual el perro es parte integral.

Dentro del museo, Rivera organizó las salas para simular un descenso al inframundo y un ascenso hacia el sol. Las piezas de cerámica de “perritos de Colima” —muchas de las cuales representan xoloitzcuintles con vientres prominentes y expresiones alegres— ocupan lugares estratégicos. Rivera veía en estas figuras no solo objetos artísticos, sino la evidencia de un afecto milenario entre el ser humano y el perro en el México antiguo. La arquitectura del Anahuacalli, con su estética de teocalli moderno, sirve como el marco definitivo para la inmortalización del xoloitzcuintle como una “entidad viva” que conecta la prehistoria con el futuro de México.

Fachada del Museo Anahuacalli en Ciudad de México
Museo Anahuacalli (Coyoacán): arquitectura como “teocalli moderno” para custodiar la cosmogonía material.
Obra Mural / Proyecto de Rivera Ubicación Rol del Xoloitzcuintle Contexto Artístico
La Lluvia (Fragmento) SEP, CDMX Compañero del campesino La dignificación del trabajo rural.
El mercado de Tlatelolco Palacio Nacional Mercancía y animal doméstico Reconstrucción de la economía azteca.
Cultura purépecha Palacio Nacional Parte de la biodiversidad regional Diversidad étnica y biológica de México.
Sueño de una tarde dominical… Museo Mural Diego Rivera Símbolo de identidad nacional Historia y memoria colectiva.
Museo Anahuacalli Coyoacán Colección de esculturas votivas Arqueología y cosmogonía mesoamericana.

Frida Kahlo: El Xoloitzcuintle como Tótem, Compañero y Sustituto

Si Rivera representó al xoloitzcuintle como un icono colectivo de la nación, Frida Kahlo lo transformó en un elemento central de su mitología personal. En la obra de Kahlo, el perro no es un testigo de la historia externa, sino un habitante del espacio psíquico y emocional de la artista. El animal aparece como un confidente en la soledad, un receptor del dolor físico y un sustituto simbólico de los hijos que nunca pudo tener debido a las secuelas de su accidente.

El Abrazo de Amor del Universo: Una Cosmovisión en Capas

En su obra maestra de 1949, El abrazo de amor del Universo, la Tierra (México), Yo, Diego y el Señor Xólotl, Kahlo articula una de las declaraciones más poderosas sobre su identidad y sus afectos. La pintura presenta múltiples niveles de protección: el Universo dual (día y noche) abraza a la Tierra (México), personificada como una mujer indígena con pechos lactantes que brotan leche; a su vez, la Tierra sostiene a Frida, quien mece en sus brazos a un Diego Rivera desnudo y con el tercer ojo de la sabiduría en su frente.

En la esquina inferior derecha, reposa un xoloitzcuintle, identificado como el perro real de Frida, “Señor Xólotl”. La ubicación del perro no es casual; se encuentra sobre la superficie de la Tierra, actuando como el guardián terrenal de este complejo sistema de afectos. Su presencia vincula la mitología cósmica con la realidad doméstica de Coyoacán. Además, al llevar el nombre del dios de la muerte (Xólotl), el perro introduce una nota de finitud en una escena que, por lo demás, celebra la fertilidad y la vida, recordando la dualidad inherente al pensamiento prehispánico que Frida tanto admiraba.

Escuintle y yo: La Mímesis de la Vulnerabilidad

En la pintura Escuintle y yo (1938), Frida explora la identificación física y emocional con el animal. En este autorretrato, la artista aparece sentada, sosteniendo un cigarrillo, mientras un pequeño xoloitzcuintle posa a su lado con una seriedad que imita el gesto de la pintora. La ausencia de pelo en el perro permite observar sus pliegues, su fragilidad ante la temperatura y su piel expuesta, características que Frida sentía como propias tras haber sido sometida a más de treinta operaciones que dejaron su cuerpo “abierto” y vulnerable.

El xoloitzcuintle se convierte aquí en un alter ego. Al retratarse con él, Kahlo afirma su pertenencia a un linaje de seres que sufren y resisten. La “extrañeza” del perro, su apariencia escultural pero “monstruosa” para los cánones occidentales, resuena con la propia percepción de Frida sobre su cuerpo fragmentado. El perro no juzga sus cicatrices; él mismo es una cicatriz viviente de la historia de México, lo que crea un vínculo de hermandad ontológica entre la artista y su mascota.

El Diario de Frida Kahlo y el Señor Xólotl como Guía Curativo

El diario íntimo de Frida Kahlo ofrece una ventana adicional hacia la importancia del xoloitzcuintle en su proceso de sanación y resistencia política. En sus páginas, Frida realizó al menos cinco dibujos de perros, incluyendo piezas como Xibalba-Alado-Xólotl y Danza al Sol. Estos bocetos, a menudo acompañados de anotaciones automáticas y poemas dirigidos a Diego, muestran que el perro habitaba sus sueños y sus estados de trance inducidos por el dolor y los medicamentos.

Frida escribía sobre el “Señor Xólotl” no solo como una mascota, sino como un “testimonio vivo de su conexión con México”. En momentos de parálisis, el calor del perro sobre sus piernas servía para aliviar la sensación de frío que le provocaba la mala circulación. Esta relación es documentada también por el fotógrafo Nickolas Muray, quien le regaló al Señor Xólotl, reconociendo en el animal el compañero perfecto para la soledad de la pintora. El diario revela que para Frida, la lucha revolucionaria y el dolor personal eran inseparables, y el perro era la “puerta abierta a la inteligencia” y al afecto que le permitía seguir viviendo.

Pintura de Frida Kahlo Año Elementos de Identidad / Simbología Función del Xoloitzcuintle
Escuintle y yo 1938 Cigarrillo, mirada directa, soledad Compañero de soledad y mimetismo corporal.
Autorretrato con changuito 1945 Fauna endémica, vegetación densa Parte de la biodiversidad protectora del yo.
El Abrazo de Amor… 1949 Cosmogonía dual, Tierra lactante Guardián terrenal y símbolo de lealtad.
Naturaleza Muerta 1951 Objetos domésticos, frutas mexicanas Presencia cotidiana y arraigo cultural.
Xibalba-Alado-Xólotl s/f Mitología, sueños, inframundo Guía en el espacio onírico y psicopompo.

La Fotografía como Documento de una Identidad Construida

La representación del xoloitzcuintle en el arte de Kahlo y Rivera no se limitó a la pintura; la fotografía desempeñó un papel crucial en la cristalización de su imagen pública como los “herederos de la mexicanidad”. La Casa Azul de Coyoacán funcionó como un escenario donde la pareja recibía a intelectuales y artistas de todo el mundo, siempre acompañados por sus perros.

Lola Álvarez Bravo: La Piel de Obsidiana en Blanco y Negro

Lola Álvarez Bravo capturó algunas de las imágenes más icónicas de Frida con sus xoloitzcuintles en la década de 1940. En la serie tomada en el patio de la Casa Azul, se observa a Frida sentada en el suelo, con su falda de tehuana desplegada, acariciando a sus perros. La técnica de plata sobre gelatina de Álvarez Bravo resalta la textura de la piel de los xolos, que bajo la luz del sol adquiere una apariencia pétrea o metálica.

Estas fotografías no son meros retratos domésticos; son declaraciones políticas. Al posar con estos animales, Frida y Diego afirmaban su rechazo a los estándares de belleza europeos y su abrazo a lo “auténticamente mexicano”. La fotografía permitió que el xoloitzcuintle se asociara indisolublemente con la figura de Frida, convirtiéndose en un atributo iconográfico tan potente como sus cejas unidas o sus trajes regionales.

Otros Testigos Ópticos: De Gisèle Freund a Héctor García

La presencia del canino fue constante en el lente de fotógrafos nacionales y extranjeros. En 1951, Gisèle Freund fotografió a Frida en los jardines de Coyoacán con sus perros y patos, mostrando la armonía que reinaba en su ecosistema privado. Sin embargo, es quizás Héctor García quien, en 1952, capturó la imagen más desgarradora y trascendental: Frida postrada en su cama, abrazando fuertemente a su xoloitzcuintle.

En esta etapa final de su vida, cuando la desintegración física era inminente —tras la amputación de su pierna en 1953—, el perro se convirtió en su ancla con la realidad. La foto de García documenta la función psicopompa del animal en tiempo real; el perro no se separa de su dueña, cumpliendo su promesa mitológica de no dejarla sola en el umbral de la muerte. Esta imagen cierra el ciclo de representaciones del xoloitzcuintle en la vida de Kahlo, pasando del juego y la ostentación cultural a la compañía existencial más profunda.

Dolores Olmedo y la Institucionalización del Legado Canino

La historia del xoloitzcuintle en el arte de Rivera y Kahlo no termina con su fallecimiento. La figura de Dolores Olmedo, mecenas y amiga íntima de Diego Rivera, fue fundamental para que la representación artística del perro se transformara en una labor de conservación biológica y cultural.

El Encargo de Diego y el Criadero de La Noria

Poco antes de morir en 1957, Diego Rivera le confió a Dolores Olmedo una misión especial: la preservación de la raza xoloitzcuintle. Rivera le regaló a Olmedo sus ejemplares y le pidió que continuara su crianza para evitar que el símbolo de la nación volviera a caer en el olvido. Olmedo cumplió con este deseo en su finca de Xochimilco, La Noria, donde hoy se ubica el Museo Dolores Olmedo.

Hoy en día, el museo no solo alberga la colección más grande de obras de Rivera y Kahlo, sino que mantiene una manada de trece xoloitzcuintles que habitan sus jardines de forma permanente. Estos perros son descendientes directos de los canes de Rivera, lo que convierte al museo en una “institución viva”. La presencia física de los perros entre las esculturas prehispánicas y las pinturas de los maestros crea una experiencia estética inmersiva que refuerza la idea de Rivera de que el arte y la vida indígena son una continuidad indivisible.

Xoloitzcuintles en los jardines del Museo Dolores Olmedo en Ciudad de México
Xoloitzcuintles en el Museo Dolores Olmedo: el símbolo se vuelve “presencia viva” y continuidad biocultural.
Institución / Espacio Relación con el Xoloitzcuintle Importancia para el Arte / Historia
Museo Casa Azul Hogar original de los perros de Frida y Diego. Conservación del entorno íntimo de creación.
Museo Anahuacalli Colección de perros de cerámica de Colima. Estudio de la iconografía canina prehispánica.
Museo Dolores Olmedo Criadero de descendientes de los perros de Rivera. Preservación biológica del símbolo cultural.
Palacio Nacional Murales con representaciones históricas del can. Educación pública sobre la raíz indígena.

Análisis Comparativo: Visión Pública vs. Visión Íntima

Al contrastar las representaciones del xoloitzcuintle en ambos artistas, emerge una dialéctica fundamental del modernismo mexicano. Diego Rivera utiliza al perro para construir una narrativa nacional. En sus manos, el xolo es un documento, una prueba de la resiliencia del pueblo mexicano. Su técnica muralista, de formas sólidas y monumentales, trata al perro con la misma importancia que a los líderes revolucionarios o a los trabajadores, integrándolo en la gran épica de la lucha de clases y la soberanía cultural.

Frida Kahlo, por el contrario, utiliza al perro para construir una narrativa del yo. Para ella, el xolo es un espejo, una extensión de su sistema nervioso y una herramienta para procesar su soledad y su maternidad frustrada. Mientras Rivera mira hacia afuera, hacia la plaza pública y el mercado, Kahlo mira hacia adentro, hacia la recámara y el jardín cerrado de Coyoacán. El perro es el único testigo que cruza ambas fronteras, siendo al mismo tiempo un icono de la patria para Diego y un refugio de ternura para Frida.

El Xoloitzcuintle en la Era Contemporánea: De la Revolución a la Cultura Pop

El esfuerzo de Rivera y Kahlo por dignificar al xoloitzcuintle ha tenido un impacto que se extiende hasta el siglo XXI. La raza, que estuvo a punto de desaparecer, goza hoy de un renacimiento impulsado por su estatus como ícono artístico. En 1956, fue oficialmente reconocido como símbolo cultural nacional, un título que encaja perfectamente con su presencia en los museos.

La cultura popular global ha heredado esta iconografía. Películas como Coco de Pixar (2017) han llevado la función psicopompa del xoloitzcuintle a audiencias mundiales, utilizando el personaje de “Dante” de una manera que resuena directamente con la espiritualidad prehispánica que Rivera y Kahlo buscaron proteger. El perro ha pasado de ser un habitante de los murales a ser un protagonista de la industria del entretenimiento, validando la visión de los artistas sobre la potencia simbólica de este animal.

Conclusión: El Triunfo de la Estética de la Desnudez

La investigación sobre las representaciones del xoloitzcuintle en el arte de Frida Kahlo y Diego Rivera revela que el perro no fue un elemento decorativo, sino un actor político y emocional de primer orden. Rivera lo rescató de la oscuridad histórica para ponerlo al servicio de la educación del pueblo, convirtiéndolo en un pilar de la arqueología viviente. Kahlo lo integró en su lenguaje del dolor y la identidad, transformándolo en un símbolo de resiliencia y en su compañero final hacia el inframundo.

Gracias a su intervención, el xoloitzcuintle dejó de ser percibido como una criatura “extraña” para ser valorado como una obra de arte biológica, una escultura de piel y hueso que camina entre nosotros. El legado de la pareja, custodiado por instituciones como el Museo Dolores Olmedo y el Anahuacalli, garantiza que el xoloitzcuintle siga siendo el guardián de la memoria de México, recordándonos que la verdadera modernidad no consiste en imitar modelos extranjeros, sino en abrazar con orgullo la propia piel, por más desnuda y arrugada que esta sea.

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Créditos de imágenes (fuentes y licencias):
1) Foto Rivera + xolo (Google Art Project / Commons). upload.wikimedia.org/.../Diego_Rivera_with_a_xoloitzcuintle...
2) Museo Anahuacalli (PD-self / Commons). upload.wikimedia.org/.../Anahuacalli_museum_mexico_city.JPG
3) Xoloitzcuintles en Museo Dolores Olmedo (CC BY-SA 3.0 / Commons). upload.wikimedia.org/.../Xoloitzcuintles_en_el_Museo_Dolores_Olmedo...
4) “Perrito de Colima” (PDM / Commons). upload.wikimedia.org/.../Pot-bellied_Dog_Figure...IMG_7646.JPG
5) Grupo de xoloitzcuintles (CC BY-SA 2.0 / Commons). upload.wikimedia.org/.../Mexico.Xoloitzcuintle.01.jpg